El padre de Gerald Vásquez, asesinado por la dictadura en la Divina Misericordia en 2018, pide asilo en Estados Unidos



Daniel Rodríguez Moya


“Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé”. Así comienza César Vallejo su imprescindible poema Los heraldos negros. Es la constatación de algo que todo ser humano sentirá en algún momento de su vida. Un golpe tan fuerte de esos de los que es más que difícil levantarse para seguir. Pero hay golpes más fuertes aún. Uno de esos en los que la vida de pronto se detiene y, si acaso esta continúa, ya no será nunca la misma. Golpes a partir de los cuales todo queda ya condicionado. Tan fuertes como el que recibió el nicaragüense Yader Vásquez el 14 de julio de 2018. La imagen de su hijo Gerald, de 20 años, ensangrentado y agonizando sobre una mesa en la Iglesia de la Divina Misericordia le perseguirá siempre, hasta su último aliento. 

El asesinato de su hijo por parte de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo se convirtió, sin desearlo, en el gran parteaguas de su vida. Lo sabe bien y lo asume. Ese 14 de julio comenzó una huida hacia adelante que desde hace muy pocos días le ha llevado hasta Estados Unidos, donde logró pasar de mojado y ahora está a la espera de que la Corte estudie su caso y le pueda ser concedido el refugio y así poder reinventarse de nuevo, otra vez, a tres años y medio de aquel naufragio vital que le arrebató lo más querido.

A la semana del asesinato de Gerald, Yader salió hacia Costa Rica como recuerda en una charla que mantenemos este 9 de enero del recién estrenado 2022 a través del teléfono. A los pocos días de que consiguiera pasar por un punto ciego de la frontera sur de Nicaragua, en la zona de Peñas Blancas, fue la primera vez que me encontré con él. Quebrado por la herida recientísima me relató hasta el llanto los pormenores del crimen. Y fue imposible no conectar con ese dolor atávico e inconsolable. Empezaba entonces una reinvención de su vida. Sin su hijo Gerald. En un país extranjero. Sin recursos. Con mucho miedo. Sin casi esperanza pero, como escribiera el poeta español Ángel González, con convencimiento. Ese firme convencimiento de que la muerte de su hijo no fuera en vano. Llegó al país vecino “desorientado” pero poco a poco, como recuerda ahora, se fue “acoplando” con otros nicaragüenses exiliados que fue conociendo.

Así fue pasando el tiempo, luchando a diario por sobrevivir, pidiendo ayuda muchas veces para poder tener al menos un techo bajo el que dormir. “Estuve en San Rafael de la Alajuela, en Alajuelita, San Rafael Abajo, hasta el lado de Punta Arenas, donde un señor costarricense me dio donde vivir por un tiempo y me hice amigo de él”. Así resume su periplo de más de tres años en Cosa Rica, que califica de “muy tremendo” especialmente por las dificultades económicas pero también por el trato que a veces recibía, apunta, de algunos costarricenses pero, lamenta, también de nicaragüenses “compañeros de la lucha azul y blanco” que, explica le “tiraban duro” aunque, reconoce, también hubo quienes apoyaron y echaron una mano.


En Costa Rica en la Marcha del 7 de noviembre contra la farsa electoral. Foto: Daniel Rodríguez Moya


La decisión de salir de Costa Rica

En todo ese tiempo en Costa Rica Yader no lo tuvo fácil. Todos los exilios son muy duros, sea cual sea la condición social y económica, pero también es cierto que no todos los exiliados corren la misma suerte o cuentan con las mismas redes de apoyo, ya sea familiares, de organizaciones, etc. Yader subsistió esos años en Costa Rica sumido también en una depresión que le golpeaba a diario. Regresar a Nicaragua no era una opción. Allá no hay una vida a la que volver. 

La dictadura, lejos de aflojar la represión, la ha endurecido más si cabe y no se dan, ni de lejos, las condiciones mínimas para que alguien como él pudiera empezar de nuevo. Y no es solo una cuestión de seguridad personal. Se trata también de coherencia. ¿Cómo puede volver a un país en dictadura alguien a quien ese régimen opresor le ha arrebatado a su hijo y aún mucho más que eso?. Salir de Costa Rica hacia los Estados Unidos en cualquier caso no fue una decisión que llevara meditando mucho tiempo, reconoce, se dio de manera “no preparada” después de que se produjeran cuatro situaciones, explica, que le hicieron planteárselo. Hechos, indica, como el asesinato de Luis, “un opositor de Nagarote al que mataron en Costa Rica”, también menciona el caso de Joao Maldonado “al que metieron cuatro balazos”, así como “el muchacho al que le dicen el Gato, de Rivas, al que también garrotearon”, o el de una muchacha “a la que también llegaron a su negocio y la amenazaron y la golpearon”.

En este contexto, Yader relata que alguien llegó preguntando por él al cuarto que alquilaba y que esa misma persona, luego supo, había agredido a otro nicaragüense en el Parque de la Merced. “En ese momento me puse a pensar en los casos de incluso muertes y me sentí con temor de que me agarraran descuidado y me dañaran”. Yader, que es creyente, asegura que pidió “al Señor que me orientara”. Y así tomó la decisión de salir de Costa Rica hacia los Estados Unidos.

En noviembre de 2021 continuaba en Costa Rica. Participó activamente, como en todas las ocasiones, en las manifestaciones de repudio del régimen de Ortega y Murillo que tienen lugar en el país vecino del sur por parte de la comunidad nicaragüense. Se estima que, como él, hay unos 120.000 compatriotas refugiados en ese país. En San José volví a encontrarme con él, aunque durante estos más de tres años hemos mantenido contacto continuado. Lo noté muy golpeado, al borde de la desesperación. No solamente por su situación personal, cada vez más al límite, sino por cómo venían desarrollándose los acontecimientos en Nicaragua. Nos vimos en varios momentos, el último el 7 de noviembre, tras la gran marcha contra la farsa electoral que tenía lugar ese día en Nicaragua. Entonces me contó su intención de salir, en breve, rumbo al norte. Intentar empezar de nuevo allá. Otro reinicio a sus 42 años. Lo iniciaría diez días después.


Una travesía por Guatemala y México llena de peligros



En el parque central de Guatemala


Pidió ayuda económica para poder completar lo que le faltaba para comprar un boleto para Guatemala, renunció a su condición de solicitante de asilo en Costa Rica y así comenzó su periplo hacia los Estados Unidos. En Ciudad de Guatemala, nada más llegar, la Policía lo detuvo. “Me llevaron a un cuarto, me preguntaron algunas cosas y me sacaron la ropa que había en la mochila”. Yader explica que se sintió “acosado”, aunque finalmente lo dejaron en libertad. Tras ser recibido por un amigo, se dirigió a un albergue, La Casa del Inmigrante, y en el camino sufrió una situación de gran peligro. “A lo que veníamos en el bus tres hombres se montaron armados en un asalto y me sentí con temor. Me robaron el celular, cartera... todo, fue una experiencia muy amarga”.


En Tapachula México.


Después de ese robo le llegó de nuevo la desesperación. “Me agarraba la cabeza y me decía, Señor qué hago, no tengo plata para seguir moviéndome. No quiero quedarme aquí, esto es más peligroso que Costa Rica... pero a los cinco o seis días recibí una llamada del doctor Richard Coen y me dijo que si me quería mover a Tapachula él me apoyaría”. Y así hizo Yader, que en el camino hacia Tapachula, México, volvió a ser detenido por la Policía. Estuvieron a punto de deportarlo hacia Nicaragua. “Les pedí que me ayudaran y donde me regresaron fue a la frontera entre Guatemala y México”. Así quedó Yader de nuevo “afligido” y sin dinero ni celular. Gracias a una persona que le acompañaba pudo llamar por teléfono al doctor Coen, al que le contó lo sucedido. El doctor volvió a ayudarle enviándole a una persona que le dio apoyo para cruzar nuevamente la frontera por un punto diferente y así, el primero de diciembre, logró llegar hasta Tapachula. “Allí me fui a apuntar, en el Parque Ecológico, donde pasé casi todo el mes de diciembre en esas filas, sin plata, aunque ahí encontré a don Álex Vanegas, que me apoyó y pude agarrar un cuarto por quince días”. Las jornadas en Tapachula fueron para Yader de incertidumbre.

A partir del 15 de diciembre, cuenta, “me tocó ir a dormir ya a las filas para poder obtener el documento para poder ir a otro estado de México”. Unas fechas mientras en las que se celebraban las fiestas navideñas, él aguantó “sereno, sol, hambre” y además se enfermó de las amígdalas. Ahora recuerda que en esos momentos pasaron por su mente muchas cosas. Así llegó el 24 de diciembre, “todo el mundo en familia y yo en otro lugar diferente... aquel 24 de diciembre en una fila sentado, en los cartones, sin celebrar nada, triste y afligido porque estaba emprendiendo una travesía muy peligrosa”. 

El 27 o 28 de diciembre, no recuerda con precisión, logró el documento y con él ya podía ir hasta Durango. “Mi familia reunió la plata para el pasaje y me lo mandaron pero el bus no nos dejó en Durango sino que nos botó en Zacatecas y tuve que comprar otro boleto hasta Durango”, relata. El 31 de diciembre a mediodía llegó a Durango donde, nuevamente, no tenía ni para comprar algo que comer. 

Las casas de refugio y albergues estaban completos pero unos amigos en Costa Rica reunieron algo de dinero que le enviaron y con eso pudo rentar un cuarto hasta el 3 de enero. Ese día Yader se presentó en la oficina de Migración y recibió una visa humanitaria “para seguir avanzando”. De ahí se dirigió a Torreón, donde llegó en la madrugada “con un frío espantoso”. También con el apoyo de una señora que desde Estados Unidos le envió para el boleto, pudo llegar hasta Piedras Negras. En tanto que realizaba ese trayecto llegó a un albergue donde pudo bañarse y comer algo. En el bus hacia Piedras Negras se toparon con un retén de Policía donde a las personas que eran venezolanas, cubanas o nicaragüenses las bajaron del vehículo. Un policía, asegura, les pidió a cada uno 500 pesos mexicanos. “Le dijimos que no andábamos reales pero él nos contestó que si no le dábamos eso, pues nos quedábamos ahí”. Por suerte Yader tenía esa cantidad por lo que pudo continuar el viaje.

Pasar como mojado

Al llegar a la terminal de Piedras Negras, gracias a un señor de Managua con el que se encontró pudo dirigirse hacia el río a esperar un descuido de la Policía mexicana y echarse al agua. “Nos tiramos sin temor, sin nada, y al otro lado la Policía estadounidense que iba en una lancha nos dijo que nos detuviéramos”. Yader le dijo que era nicaragüense y que necesitaba ayuda. Le señalaron que se dirigiera a la orilla del río. “En eso nos escoltaron. Nos entregamos y no nos permitieron que nos cambiáramos la ropa. Nos quitaron los pasaportes y no pudimos abrir la mochila más”. Posteriormente, señala Yader en su relato, les llevaron a un centro de detención “donde llegué con frío, mojado con agua sucia”. Pasó dos días detenido “sin poder quitarme la ropa hedionda y sin bañarnos, porque no nos daban baño” y con poca comida “una manzana, un jugo o algo así”.



En San Antonio Texas. Foto: DRM

Hasta el 8 de enero lo sacaron del centro de detención en San Antonio, Texas. Desde ahí, ya en libertad, se dirige ahora hacia Los Ángeles, California. En un plazo de dos meses tiene que presentarse ante la Corte con las pruebas que justifiquen su solicitud de asilo. Su esperanza es lograrlo y que eso le posibilite encontrar un empleo y poder así ayudar a su familia, sus otras hijas y su mamá.

La lucha por la libertad de Nicaragua continúa

Ya en Estados Unidos, la lucha de Yader continúa. No olvida ni un solo momento qué le empujó a iniciar este viaje. Reflexiona sobre la situación actual, tras la farsa electoral del 7 de noviembre y recuerda que desde el primer momento él, como tantas otras víctimas, se opusieron a legitimar unas elecciones con el Frente Sandinista, “más bien queríamos que los enjuicien, que paguen por los crímenes de lesa humanidad que han cometido”. La ruta la la tiene muy clara Yader: “que la comunidad internacional lo agarren y lo puedan enjuiciar” y es que considera que, hasta el momento, “lo han tratado como muy suave, por eso pedimos que sean castigados con todo el peso de la ley, el gobierno y todos sus cómplices”.

La principal decepción que se ha llevado Yader en todo este tiempo, reconoce, es que algunos que “se hacen llamar” opositores, señala “le han dado oxígeno a un gobierno asesino y criminal yendo a elecciones con él y reconocerlo”. Para él, actitudes así significaron “pisotear la sangre de nuestros hijos, a los familiares y presos políticos, además de a un pueblo que ha creído en mucha gente de ellos pero han sido traicionados”. Por eso hace, nuevamente, un llamado a todos los nicaragüenses “a los que son líderes y a los que no” para desconocer este gobierno y que el pueblo se una “al dolor de las madres, de los padres, de los familiares de asesinados y presos políticos”.

Yader es muy crítico con algunos opositores políticos a los que, afirma, “hemos visto allá en Costa Rica en grandes casas de alquiler, grandes oficinas y que solamente miran por el bienestar de su círculo, hacen reuniones en grandes hoteles y dicen que son opositores, cuando nunca han llamado al exiliado, al que ha necesitado, al que está abajo, al que se metió en la lucha, al que estuvo en los tranques”. En este sentido, Yader Vásquez considera que “mientras esta gente piense solo en ellos no vamos a hacer nada”. Por eso entiende que lo que tiene que suceder es que se piense “en todos los que estuvieron en esa lucha y en sus familiares y tiene que haber una verdadera unidad para poder derrotar al criminal asesino en Nicaragua”.

+ Yader echa la vista atrás, a 2018, a los últimos días de julio cuando abandonó su país natal con el dolor a cuestas del asesinato de su hijo Gerald y el miedo por su propia vida. Hoy es consciente de que si no hubiese tomado esa decisión tal vez ahora no sería “un preso político más” sino tal vez “otro de los muertos”. A las personas presas políticas, manda un mensaje de “fuerza”. Sabe que debe ser “muy difícil” el estar soportando encierro y tortura. Así, se reafirma en que va a seguir exigiendo la libertad de todos ellos porque “no merecen estar ahí”.

Es mucho y muy duro todo lo que ha pasado hasta ahora Yader Vásquez. Aún así, su espíritu de lucha parece casi intacto. Apela a todos los nicaragüenses “a seguir luchando y exigir justicia”. Clama por la “unidad”, exige que “se escuche al pueblo para poder hacer una unidad verdadera” y que se “aparten todos los intereses personales” porque si no “seguiremos con esta dictadura otros 20 años”.

Terminamos la conversación mientras prosigue su marcha hacia Los Ángeles, California. Comenzó, cuenta, el 17 de noviembre pasado. Aunque realmente ese día solo fue el inicio una trayecto. El viaje arrancó con uno de esos golpes en la vida, tan fuertes como los que describió Vallejo. Un 14 de julio de 2018 sobre una mesa en la iglesia de la Divina Misericordia de Managua.

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