Fotografía de Daniel Mordzinski

Redacción AP

El festival literario Centroamérica Cuenta es la perfecta metáfora de lo que sucede en Nicaragua con la libertad de expresión. Y lo es porque ha pasado de figurar como el gran encuentro anual que ponía al país en el centro de la literatura en español durante unos días a tener que hacer las maletas, como tantos nicaragüenses perseguidos, y marcharse al exilio. Un exilio que le ha llevado este año primero a Guatemala, durante la pasada semana en su feria del libro y ahora a Madrid, donde hoy ha arrancado con una actividad muy especial.

El Premio Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa ha mantenido un conversatorio con el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, fundador por cierto del festival, en el que, como no podía ser de otra forma, ha sobrevolado la situación que vive el autor de Tongolele no sabía bailar. Nada más empezar la charla, que se ha desarrollado desde las 7 de la tarde hora española, Vargas Llosa se refería a las circunstancias de Ramírez, al que el régimen de Ortega y Murillo hostigan por un lado ordenando su ingreso en prisión y, por otro, hayan secuestrando su más reciente novela en la que retrata la represión y los crímenes de lesa humanidad que cometió el gobierno de Nicaragua en 2018.

El Premio Nobel de 2010 ha querido rendir homenaje a su colega reconociendo que Ramírez participó siempre en la vida política de su país “de una manera moderada” ya que esta “se asocia más a su carácter, a sus convicciones y su manera de escribir”. Así, ha destacado que el que fuera vicepresidente de Nicaragua entre 1985 y 1990 “se ha salvado de milagro” al estar fuera del país de ingresar en la cárcel con los muchos opositores que tiene la “pareja siniestra” que gobierna en Nicaragua.

Ramírez ha agradecido el aplauso que para él ha pedido Vargas Llosa reconociendo que son circunstancias “nada fáciles”y ha recordado a los 140 presos políticos que actualmente están en las cárceles del régimen, incluidos la mayor parte de los candidatos presidenciales. En este sentido ha aventurado que si un novelista incluyera en una novela algo así, que todos los candidatos en unas elecciones son echados a la cárcel por un dictador, “esto sería demasiado exagerado aún para un novelista”.

El conversatorio, que se ha producido en la sede de la Casa de América en Madrid, llevaba por título Literatura y América Latina, por lo que ha sido inevitable que se abordara la influencia de la política en los escritores latinoamericanos, más bien es lo que lo ha protagonizado, con constantes alusiones a la situación actual.

Con el humor del que a veces hace gala, Ramírez ha confesado que se suele preguntar “cómo sería ser un escritor sueco o un escritor finlandés, donde hay apacibilidad política y el presidente va en bicicleta al trabajo”. Algo así, ha considerado, “en América Latina es surrealismo”. Por eso, cree, “es difícil encontrar una novela de América Latina que no esté atravesada por el poder”.



Una de las reflexiones que se ha podido escuchar en la charla ha sido la del peruano que ha aseverado que la literatura crea “lectores incómodos” y que no están de acuerdo con el mundo tal y cómo es y por eso “si el ideal de una sociedad es tener ciudadanos críticos” deben ser buenos lectores y es por ello que la buena literatura “crea ciudadanos incómodos con el poder” y esa es la razón, ha considerado, por la que todos los poderes “sin excepción” han tratado de ejercer un control de la literatura. Algo que han hecho especialmente las dictaduras que “lo primero que establecen son formas de censura, o si no directamente meten presos a los escritores y prohíben los libros”. En esta línea, el autor de Conversación en la catedral ha atribuido especialmente a la novela un carácter “subversivo” y sólo así se explica que, durante todo el tiempo de la colonia, 300 años, las novelas estuvieran prohibidas.

Preguntado por la idea del escritor comprometido, Sergio Ramírez ha reflexionado que siempre ha sido “un escritor de los que no se calla” interesado en ocuparse de la vida pública, “de lo que me parece injusto” siguiendo el camino marcado por Voltaire “que inventó el término intelectual, que es el que se ocupa de la vida pública” y ha puesto como ejemplos de autores en esa misma línea a Carlos Fuentes, José Saramago o el propio Vargas Llosa “que siempre está opinando sobre todo”. Desde las luchas por la independencia, ha afirmado, “nosotros, en América Latina, heredamos la idea del intelectual comprometido, del intelectual revolucionario”.