Tomado del blog Ciudalatina
Mirna Velásquez S. y Tamara Morales O.

Desde que llegó a España, hace 14 años, es trabajadora del hogar. salió de Estelí, al norte de Nicaragua, por la difícil situación económica del país. “Venía por dos años, pero aquí me quedé, aguantando”, comenta Ermilia Calderón, de 55 años.

 Allá por el mes de marzo de 2020, cuando España apenas reconocía que la Covid-19 había entrado en el país, Ermilia empezó a sentirse mal. Le dolía todo el cuerpo y el pulmón, luego perdió el olfato y el gusto. ¡Qué susto! Con todas las noticias que se escuchaban y veían sobre la temible y desconocida pandemia, tener esos síntomas con tan poca información sobre el virus, era verdaderamente desconcertante.

“Sólo pedía un descanso”



Como toda trabajadora responsable, la primera reacción de Ermilia fue  hablarlo con su familia y luego comunicárselo a sus jefes. Pero su responsabilidad le costó su despido. Nunca fue al médico, nunca tuvo un informe que confirmara la enfermedad. Quizás perdió su trabajo por una gripe, o quizás por Covid-19.

“(Cuando) le dije a mi jefa, me dio una pastilla. Me dijo que era a causa del polen de las flores porque la nariz la tenía seca y respiraba por la boca. Pero yo me extrañé porque yo no soy alérgica”, recuerda, sin siquiera plantearse o cuestionar que sus empleadores, la estaban medicando sin ser médicos.

Al cabo de una semana, los síntomas empeoraron. En ese momento Ermilia sucumbió al cansancio, al decaimiento, a los dolores y decidió descansar en su casa. “Le dije (a mi jefa)  que me sentía mal, que no iba hacer nada estando en el trabajo porque no aguantaba mi espalda”, comenta. 

La respuesta de su jefa fue “si te vas me firmas este papel”. Ella firmó sin importarle las consecuencias, asumiendo que era un caso perdido y no le iban a escuchar su petición.

Un año después reflexiona: “Sólo pedía un descanso”. 

Dos meses estuvo recuperándose en su casa, sin recibir el salario al que tenía derecho. Y solo transcurridos seis meses encontró un nuevo trabajo. Durante todo ese tiempo sin ingresos sobrevivió con la ayuda de sus tres hijos, también residentes en España.

A Ermilia de nada le vale saber que las mujeres migrantes son “importantes en las casas de los empleadores” porque la realidad fuera de la política y los discursos, es que con la pandemia cualquier excusa es válida para despedirte con tu  “consentimiento”. Y además, se permiten bloquearte para que no te comuniques más con ellos o borran las fotos con los niños  a los que cuidabas, como le pasó a ella. Ahora mismo sólo desea regresar a su país.

Antonia, la pandemia y su fórmula de sobrevivencia




El trabajo de cuidadora de hogar lo repartía entre tres familias, con jornadas pagadas por horas. Tener varios trabajos era su fórmula para “ir tirando” en España, llegar a fin de mes y ayudar a que sus hijas terminen sus estudios universitarios en El Salvador. Pero al llegar la pandemia, sus ingresos mermaron casi totalmente. Antonia Valladares, salvadoreña de 51 años, se quedó sin sus tres empleos inesperadamente.

De marzo a agosto transcurrieron cinco meses estirando sus pocos ahorros en Madrid, haciendo tamales y pupusas para vender; una actividad que también compaginaba con sus múltiples trabajos, desde antes de la pandemia, para complementar sus ingresos.

Recuerda que en uno de sus empleos la despidieron por el temor de sus empleadores a que les portara el virus. “Les daba miedo porque yo venía de la calle y podía llevarles el bicho”, explica. 

En otro de los casos, sus empleadoras se mudaron a otro pueblo, tras instaurarse el teletrabajo en España como medida  económica del país frente a la pandemia y prescindieron de sus servicios. Luego vino el siguiente despido, porque el anciano al que cuidaba le cedió su empleo a otra mujer, a la que conoció durante su estadía en el hospital Ifema, uno de los recintos vacíos más grandes de España, habilitado para atender a personas contagiadas por coronavirus.

Los despidos de Antonia llegaron con ilegalidades, con pagos fuera de tiempo, excepto en uno de los casos en los que “las chicas” -ella les llama así cariñosamente- le pagaban más de lo que le correspondía y le mantuvieron su salario aun cuando ella no trabajaba más a causa de las restricciones sanitarias.

Además de auto emplearse para ella fue fundamental estar organizada en distintas entidades cuya razón de ser es ayudar a migrantes.

“Estar organizada me ha ayudado muchísimo y yo siempre incentivo, motivo e invito a las mujeres a organizarse. Para mi la mejor terapia es tener mujeres a tu alrededor y que no te digan ‘pobrecita, lo que te pasó’ sino que te metan otras ideas, que cambies el chip”, sostiene con vehemencia.

Actualmente está trabajando con un contrato por horas gracias a su “bruja migrante mayor”, una amiga que es parte del colectivo Las brujas Migrantes, al que ella también pertenece  y en el que las mujeres se ayudan entre sí, con lo que pueden.

Antonia es una mujer de convicciones fuertes. Pese a que la pandemia la dejó sin empleo, se ha dedicado a estudiar. Ha hecho un curso sobre Covid-19 y actualmente se está formando en Informática para ampliar sus horizontes. Además se ha dedicado a ayudar a otras mujeres víctimas de maltrato laboral, convencida de que, aunque muchas no tengan su estatus migratorio legalizado, pueden exigir sus derechos.

Una década de retroceso para las mujeres





La directora para los asuntos de género de la Comisión económica para América latina y el Caribe (CEPAL), Ana Güezmes, advirtió que la pandemia exacerba desigualdades e impacta, obviamente, en hombres y mujeres. “Pero impacta más en las mujeres porque ya veníamos ocupando posiciones laborales con mayor segmentación, con brechas salariales, empleos de baja calidad y por lo tanto más vulnerables a las crisis económicas”, declaró en una entrevista brindada a Radio France Internacional.

Estas declaraciones se produjeron en relación a un informe de esta organización que confirma el aumento de la precarización de las condiciones laborales de las mujeres en América Latina y adelanta que la pandemia hará retroceder una década la participación de las mujeres latinoamericanas en el mercado laboral. Cerca de 118 millones de mujeres latinoamericanas se encuentran en situación de pobreza, 23 millones más que antes de la pandemia. 

“El trabajo doméstico remunerado es otro de los sectores fuertemente golpeados por la crisis, ya que, además de estar altamente precarizado, es un tipo de trabajo que no puede ser realizado de forma remota. Muchas mujeres empleadas en este sector experimentan incertidumbre acerca de su remuneración, sobre todo en el caso de aquellas que no cuentan con un contrato formal”, advirtió la CEPAL.

Este retroceso ocurre tanto en América Latina como en Europa y en el resto de naciones a donde se concentran las mujeres migrantes. El empobrecimiento se ha acentuado tanto por la situación migratoria como por la falta de información o acceso a plataformas digitales. “Muchas han quedado fuera de las ayudas sociales que han establecido los Estados durante la pandemia y se encuentran con enormes dificultades para cubrir su propia alimentación y el pago de vivienda y servicios básicos”, añade la institución.

La importancia del rol de las mujeres migrantes ha quedado en evidencia tras la pandemia. En muchos casos, son “trabajadoras de la primera línea”, como las profesionales de la salud. Un dato relevante aportado por Antonio Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, es que una de cada ocho personas que se dedican a la enfermería  en todo el mundo, ejerce su profesión en un país distinto del de su nacimiento. “La crisis del COVID-19 es una oportunidad para replantear la movilidad humana”, afirmó.